domingo, 30 de septiembre de 2012

"Regresé de mis viajes: navegué construyendo la alegría"

Y es así que a más de tres años de mi regreso a Argentina, empiezo a escribir esta última entrada... el cierre de mi viaje... un cierre que me costó mucho, y que de hecho no quiero hacer.


Los últimos días en Sagami fueron duros. Mi cálida habitación se quedaba pelada, tenía que ir cerrando cuentas, ubicando cosas, despidiendo amigos, cerrando temas. A medida que se acercaba la fecha, más bien el mes previo, me planteé si no me había equivocado en mi decisión de volver a mi país... recuerdo que caminaba por el cruce de Shibuya, tarde de sol, y me preguntaba "¿Quiero desprenderme de esto?" y no sabía bien qué responderme. La respuesta vino casi al final, en el mismo Shibuya: "No quiero desprenderme de toda la gente que conocí"... todos se quedaban allí o cerca: la que partía era yo.

Enviar el equipaje por barco fue una tarea difícil, y si no fuera porque tenía a Akiyama-sensei para ayudarme, hubiese sido un desastre. Si bien el envío de los 2m cúbicos era "barato", el proceso de recepción en Argentina puede calificarse como "exclusivo", no solo por el precio sino por el proceso que uno tiene que pasar para hacerse de sus cosas.

Volaba el 31 de marzo, y el 29 tuve que pasar por uno de los momentos más feos. Un aviso: no sé dónde estaré cuando relea esto, ni en qué momento de mi vida, pero resulta relevante y es parte de mí. Ese día, fuimos con Changyang al mediodía a almorzar con un grupo de japoneses que ofrecían temakisushi para los extranjeros. Entre comida y experiencia, no pudimos resistirnos. Fue divertido, pero tuvimos que retirarnos antes dado que la familia de Changyang llegaba ese día a Japón. Le ofrecí mi pase para el tren (abarcaba más tramo y el restante le salía así más barato), y nos fuimos a la estación de Sagami Oono a esperar que fuera la hora. Extrañamente teníamos hambre (ya eran como las 18hs) y juntando nuestro dinero, me pidió que lo esperara y fue a comprar algo. Trajo Root beer para mi (que me encanta) y alas de pollo... solo para enterarnos que a ambos nos impresionan los huesos. Lo despedí y volví a casa a seguir con la mudanza. A la noche me llamó: la familia había llegado y querían conocerme. ¡Que nervios!. Su hermana me dijo algo que en mi vida me voy a olvidar (y lo dijo antes que un hola o lo que sea): "¡Finalmente te vemos en 3D!". Quedé muda... su papá hablaba (él me había dicho que era muy reservado) la mamá era un amor (el contaba que era severa) y la hermana.... bueno, ya quedó claro: fuegos artificiales, adorable. Me llevaron muchos regalos, y hablamos un poco. Era tarde y ellos debían partir en viaje por Japón a la madrugada. Me despedí de los padres, pero Changyang y su hermana vinieron a mi habitación un ratito a calentar comida. Él me entregó una carta para el viaje, dado que no nos íbamos a ver más. Yo respiraba hondo, trataba de mantener la compostura y de hablar lo más fluídamente posible. Se fueron y no me aguanté... leí la carta. Jamás en mi vida leí algo así... no hay palabras que expresen lo feliz, especial, querida y atesorada que me sentí. Lloraba como recién nacido. No podía estar así... llamé a Mónica y me crucé a llorar a su pieza... Desahogo de mujeres... pero tocan la puerta. Era Changyang... supongo que será lo que llaman histeria, que cuanto más preguntaba qué me pasaba, más le pedía yo que se fuera, que no lo quería ver. Es que me dolía mucho... Esa noche terminó así.

El 30 me levanté temprano. Tenía que darle la vuelta a Tokyo prácticamente, debía hacer diligencias, comprar regalos, hacer trámites y despedirme en los colegios. Cerca de las 9am, en el tren, recibí el primero de los muchos mensajes que recibiría ese día. Este era de Changyang: "Buenos días! Preparate porque hoy te voy a estar contando todo lo que hacemos!". Y era verdad... entre los mensajes de despedida de amigos, que fueron cientos y llegaban cada 20 minutos, él me comentaba en los lugares que estaba... en muchos habíamos estado juntos. Y foto va, foto viene... me sentí más acompañada. Le prometí que el último mensaje sería para despedirme de él. Así fue que a las 18hs se me acababa la batería. Muy previsora, me había llevado mi cargador del celular, y me fui a un Mc Donalds cercano a cargarlo. El plan era: carga, llamado, y a cerrar mi cuenta telefónica, de ahí a casa. Enchufo. No carga. Pucha.. se me rompió el cargador, pienso. A las corridas y con el café de excusa en la mano, me voy hasta el Yodobashi Camera, donde tienen unos boxes para cargar el teléfono. Lo enchufo. Nada. Lo enchufo en otro. Nada. Me voy a Softbank a pedir ayuda y de paso cerrar mi cuenta... Oops... por cinco minutos, local cerrado. ¡Caramba, qué puntualidad!.

Me vuelvo a casa. Enojada por estar incomunicada, y pensando cómo iba a hacer, ya que no tenía tiempo de cancelarlo al día siguiente. Llego a mi habitación y pruebo de nuevo con el cargador. Enchufo, nada, saco, soplo, enchufo, nada, saco, soplo, enchufo, nada, saco.... y sale con algo más. Ya eran como las 21hs, y el último día rompía el teléfono. Llamé a tooooodos los que tenian Softbank a ver si alguna batería me servía para hacer esa última llamada... la llamada de la promesa. Pero ningun modelo correspondía. Xiaohui me prestó su teléfono, porque de todas maneras, era una "última llamada", y la hice....

Esa noche fue rara... hay algunas fotos de mis amigos y yo, en pijamas, en una habiación pelada, medio dormidos, a altas horas de la noche. Supongo que queríamos exprimir hasta nuestros útlimos momentos juntos.  Verlo de afuera es fácil, pero estando ahí yo, el tiempo parecía que volaba... necesitaba, quería aferrarme y congelar el momento, pero era imposible. Finalmente, nos venció el cansancio y todos nos fuimos a nuestras camas.





Finalmente el 31. Me despido de "Papa" y "Mama" entre lágrimas mutuas... no puedo creer que me voy de casa. Mi habitación queda vacía, mi bici estacionada para Alejandra -la junior argentina que viene en unos días-, mi casilla con la leyenda "Fuera de casa"y tengo un taxi esperándome en la puerta. Kozue, mi compañera de habitación se queda allí. Varun, Mónica and Xiaohui vienen con migo en el tren... un viaje raro. No sabemos como comportarnos, así que actuamos como si fuera un viaje más a Shinjuku. Nathalie, Jasline y Pablo se fueron más temprano ese mismo día. Así que se convierte en una gran reunión... Sumit, Helder, Zhuanzen aparecen... Trato de contener las lágrimas, que obviamente no son porque me cobraron como 400 USD por sobrepeso. Me hago una escapada al local de Softbank -si, no me había olvidado- y con un cuento de que me voy "de viaje" y necesito unos datos que estan dentro del teléfono, les pregunto si me lo pueden hacer funcionar. Me informan que lamentablemente no tiene arreglo, que lo único que pueden hacer, es venderme una batería nueva, con carga base, por 40 USD. La compré y la puse en el teléfono que no encendería hasta último minuto. No se preocupen, el Sensei se encargó de saldar mis cuentas y cerrarlas luego.

Y así llega el momento... estoy a tiempo, como me indicaron en el mostrador. Soy la última en dejar Japón. Los chicos me cargan las cosas y me llevan hasta la puerta de inmigración. Los pañuelos no son suficientes: abrazos, besos, promesas de que nos volveremos a ver, de que nos cuidaremos, que nos esforzaremos, agradecimientos por todo lo vivido... ¿y si me pierdo el vuelo? ¿qué pasaría? ¿podría quedarme y evitar todo esto? Mejor doy el paso... así tiene que ser. Los chicos me hacen muecas por el vidrio hasta que la escalera mecánica me deja fuera de su alcanze. Y así casi me fui... En la linea de inmigración me miraban todos... claro, una occidental de casi 1,8om (con plataformas), vestida de gothloli y llorando a más no poder, tiene que llamarte la atención. Un oficial me pregunta si estoy bien... y si, pero es duro -le digo- su país me ha hecho muy feliz, y es duro irse... "Bueno, quizás puedas volver a venir" me dice, mientras me sella el pasaporte. Estoy saliendo de la cola para ponerme en otra, donde finalmente iré al embarque. Pasan mis cosas por el detector de metales y me pongo a buscar el celular cuando el altavoz dice "Pasajeros del vuelo XXXX de Air Canada, úlimo llamado, presentarse por la puerta 42"... ¡Mi vuelo!!!! ¿en qué puerta estoy? ¿¡Cómo que en la 12?! ¡¡¿¿Estoy a 30 puertas de la mía y es el último llamado??!!!. Corrí como nunca... Se me cayó la flor que me había regalado Kozue... llego al counter sin aliento... "Srita, no corra... la esperamos" me dice una azafata. Entre el papelerío, prendí el teléfono, y desde el puente escribí "Te dije que el último mensaje era para vos!". Fui la última pasajera en abordar.

El vuelo hasta Buenos Aires fue raro. El primer tramo, hasta Toronto, lloré como loca. Iba sacando cartas y regalos que los chicos me habían escondido en los bolsos y la campera. Me hablaban en japonés y en inglés. En Toronto me encontré sin plata y con 8hs para pavear. Saqué la computadora, y me "refugié" en una enorme familia india: por alguna razón, los occidentales me daban inseguridad. Cuando me disponía a abordar Toronto-Santiago, me dí cuenta de la cantidad de argentinos que había a bordo. De todas maneras, nadie se atrevió a hablarme en español en todo el viaje... los mismos argentinos me hablaban en inglés y yo muy divertida de que no se daban cuenta que no era nativa. Alguno me preguntó si era estrella de rock o algo así por la ropa que llevaba puesta. Santiago-Buenos Aires fue más pobre... ya ni intentaban hablarme en otra cosa que no fuera español, y de almuerzo me dieron sandwiches de miga. Cuando las ruedas del avión tocaron el suelo argentino, sentí como si me hubiesen tirado un baúl encima, un elefante, el baldazo de agua fría para despertarse, Alicia que cae de nuevo por el agujero...

Entre las 18hs que me separaban de mi vuelo local con Bariloche, me encontré con que Gabriel, Pato, Silu y Pelu, mis amigotes del alma, habían averiguado en qué vuelo venía y me habían ido a buscar. No es que desprecie el gesto, fue mucha emoción... pero fue el primer día de muchos en que me sentí un alien, como si estuviera en una cajita y todos afuera fueran la maestra de "Snoopy". No estaba preparada para socializar, estaba en shock... Hice lo mejor que pude. Hasta salimos a comer y conocí a Aleja -mi junior- en persona. Es una chica grandiosa. Seguimos la amistad a través de los años y la distancia y es como si la conociera de siempre.

A mi mamá la abracé tan fuerte como pude. A pesar del público presente, había esperado ese momento por tres largos años... Mi mamá es sin duda a quien más amo en el mundo, quien siempre con sobriedad y apoyo, me esperó con los brazos abiertos. Me dio gusto poder estar ahí.

Hasta hoy, muchas cosas cambiaron. Aleja fue y volvió a Japón, el dormitorio donde vivía, cerró, y el Sensei buscó otro trabajo. Jasline se casó (finalmente!!!) y Varún está comprometido. Sigo en contacto con todos los que puedo (sobre todo los más importantes). Yo tengo una extraña relación a distancia con un Srito que se me quedó allá en Niponlandia y aunque las cosas se complican para volver al país del sol naciente, sé que en algún momento podré volver a ese "segundo hogar" que tan bien y tan mal me ha hecho, como todo en la vida. Gente: Japón es un lugar maravilloso, pero es eso: un lugar. Allí pasa lo mismo que acá y que allá, pero de manera diferente. Nosotros nos disponemos a ver las cosas de una manera u otra, y lo que definitivamente hace la diferencia, son las personas que nos rodean.  A mi me rodearon las mejores. Hasta el final de mis días voy a llevarlos a TODOS Y CADA UNO DE ELLOS en mi corazón. Lo que he aprendido no tiene límite. Y aunque mi propio país me cercenó luego, voy a continuar buscando un nuevo "amanecer" para mis metas. Por lo que todos ellos me dejaron, por lo que me hicieron ver de mi misma. Gracias al Gobierno de Japón, a mi mamá, y a mis amigos, por hacer de esta LA experiencia de mi vida, un antes y un después...

Vamos a dejarlo acá, para no contar cosas tristes. Todo viaje requiere un cierre maravilloso. Este es el mio, el cierre que me costó escribir, el cierre que no quiero poner pero que es necesario, el cierre que no volveré a leer para que sea crudo y humano...